«Momentos que arman», por Huitzín Guidaí Melo

Compartimos uno de los textos ganadores del concurso literario para jóvenes impulsado por la Municipalidad de Río Ceballos:

El tiempo pasaba, lento, mientras todos trataban de acostumbrarse a la vida.

Afuera, las ramas del molle rozaban contra el techo de chapa y hacían ruidos raros. A la noche, esos sonidos no la dejaban dormir. Al mediodía, cuando el sol calentaba y hacía brillar el lado opaco de las hojitas, y el verde oscuro contrastaba con el cielo turquesa, no le molestaba tanto.

Ciento ocho días entre la cama, el comedor y los banquitos de troncos cortados del patio trasero. Al principio, no parecía tan grave. Nunca pensó que fuera a durar tanto, igual. El aislamiento llegó casi al mismo tiempo que la cursada, la mejor excusa para estar ocupada todo el día y no pensar en los días que pasaban sin poder ver a las chicas.

Las primeras dos semanas se fueron y se llevaron con ellas la ilusión de cursar desde casa. A la vez que mantenía la rutina, trataba de encontrar algo para hacer en casa. En las redes, todos cocinaban, remodelaban ropa y espacios, hacían ejercicio o empezaban proyectos. En casa, ella estudiaba y trataba de mantener un mínimo orden, a su alrededor y adentro de su cabeza, sobre todo.

Durante el otoño, descubrió que le gustaba dormir la siesta afuera. Colchón, almohada y mantita afuera, la sombra del tala y los colibríes dando vueltas entre las flores violetas del tumiñico y las telarañas de las ventanas. Descubrió que se había familiarizado con los horarios y los sonidos cotidianos de los vecinos. Los únicos que no estaban como para familiarizarse eran los de un vecino que estaba construyendo desde el verano y decidió aprovechar el distanciamiento para avanzar lo más posible en su proyecto. Se establecieron horarios de silencio para la convivencia. Así, aprendió a convivir con los vecinos y con ella misma.

Un día salió a buscar la ropa y estaba muy frío para dormir la siesta afuera, pero el aire fresco le generó una sensación que hacía mucho no experimentaba; una sensación de pulmones limpios, de pensamientos que se van y le quitan peso a la cabeza. Así que agarró el cajón de manzanas y se fue a buscar leña al fondo del terreno. Conoció el patio trasero de nuevo, llenó cajones de ramitas y se subió a un árbol por primera vez en casi una década.

El tiempo siguió pasando, todo lo que tenía adentro se ordenó y desordenó decenas de veces. Trataba de no pensar en lo que extrañaba del mundo exterior, pero algunos días las sensaciones ausentes del pasado no la dejaban pensar en otra cosa. Los abrazos amigos, la música que le recorría el cuerpo entero en un recital, una caricia o una mirada cargada de tensión, las tardes en el parque, las charlas de madrugada, los pasillos de la facultad; los momentos y los espacios que arman y desarman, o al menos eso hacían.

Construyó nuevos momentos y descubrió que algunas experiencias tenían un equivalente en la distancia. Algunas charlas se trasladaron al chat y otras a alguna videollamada. Nunca dejó de extrañar los abrazos, pero tampoco dejó de sentir a los demás a su lado, aunque fuese a través de los auriculares.

¿Seguirá transcurriendo el tiempo? ¿Qué pasará cuando todo esto acabe, si es que eso sucede, algún día? Ayer, hoy y mañana, a veces parecen todos el mismo momento. El tiempo te atraviesa y todo cambia mucho, pero, de alguna forma, todo sigue igual. Mientras la esperanza y la incertidumbre se turnan para ocupar el lugar predominante, los casi cuatro meses de monotonía cambiante nos dan vueltas a su antojo y nos aferramos a los días que fueron y a los que serán; a los abrazos que quedaron en suspenso y a los que antes no nos animamos a dar; a las cosas que quedaron adentro y que capaz salen a los tropezones cuando nos volvamos a ver.

Cuando nos volvamos a ver, vayamos al parque a debatir sobre cosas importantes y sobre cosas no tan importantes; podemos discutir posturas sobre el peronismo o hacer un ranking de películas de DiCaprio. Nos juntemos a tomar un fernet y ver todas esas películas que siempre digo que voy a ver. Vayamos a ese local de waffles al que nunca fui, al final.

Sea donde y como sea, por favor,

nos abracemos fuerte cuando nos volvamos a ver.

Huitzin Guidaí Melo (julio, 2020).

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