Leones T * -Relato- Por Martín Avalos

Leones T * -Relato-
Por Martín Avalos

 

Cuando me pregunté si tenía cualidades para la tarea de
escritor fui a sentarme en la biblioteca de la escuela, recuerdo.
Era una de esas mañanas llena de vida y energía en el exterior
de mi ser, pero en mis adentros un infinito nublado y con
llovizna me invadía. Recuerdo también que por las ventanas de
los pasillos entraba un sol vivo y el pulular de los estudiantes
era alegre. Debe de haber estado próxima la primavera.
También recuerdo el canto de horneritos y gorriones. En mis
profundidades un triste cacuy.
Entré en la biblioteca e hice un recorrido por algunos
autores: Walsh, Filloy, Soriano, Arlt. Nunca podría producir
algo así. Lo mío era la historia. Tomé una encuadernación de la
revista Todo es historia dirigida por…, hojeé algunas páginas.
Recordé a Pablo Rieznik y a Christian Rath. Mucha disciplina.
Nunca podría producir algo así. Lo mío era la caída. El
nerviosismo y la picada. “Cuando el barro se subleba”, pensé.
Me quedé mirando un estante de autores rusos por largo rato,
oyendo las goteras en eco de mi alma. Ahí fue que pensé en
armar este relato; collage de dos leones.
En la antigua Rusia hipotecada, en una adinerada familia de
cuadrúpedos distinguidos, Señores Leones, nació el Pequeño T.
T. heredó un día de sol ese flamante castillo animal, las
vastas extensiones de tierra que litros de sangre absorbieron y
que contenían centenares de variados cultivos, y decenas de
familias, de todos los reinos, dentro.
El Sr. León T. se preguntaba por las miserias en que vivían
esos “bichos” que conoció en sus visitas a la ciudad.
Lamentaba y le daba “nauseas” dicha desigualdad.
El Joven T. se fue a vivir a una humilde cabaña retirada del
castillo. Sentía culpa por ser rico. Comenzó a leerles libros a
sus esclavos y ¡hasta les enseñaba a escribir! Él mismo
producía cuentos cortos para los pobres. En un tiempo muy
pequeño se convirtió en un gran félido escritor.
Cuando heredó el castillo siguió viviendo en su cabañita
humilde.
El “Sr, León T. el filántropo” titulaban los periódicos de la
Rusia esclavista. Sus libros se vendían a montones allí, en Asia,
Europa y América; y él, renegando de los lujos, era cada vez
una bestia más rica.
Un día le contaron de otro León T. Pensó que se trataba de
un verdadero hipócrita: un L.T. que decía ¡defender a los
pobres!
L.T.2 era hijo de unos Leones Campesinos. No era un
campesino pobre, ni esclavo, mucho menos, al contrario, era
hijo de un granjero cuatropatudo con maquinaria, molino y
empleados. El niño León T. se crió en ese ambiente de trabajo
y también se dolía por la miseria que veía sufrían algunos
animales. El joven L.T.2 estudió en las grandes escuelas para
mamíferos de la ciudad donde seguramente había tenido
parte de su instrucción L.T.1.
Al terminar su formación universitaria para felinos y algunas
aves (también chanchos) no volvió a su casa paterna, como era
el sueño de sus padres, sino que se quedó en la gran ciudad
feroz realizando tareas del orden político. L.T.2 con un grupo
de Leones (y tigres, conejos, ardillas, perros vagabundos, etc.)
habían fundado un grupo para derribar al Gran Hipopótamo
Echado. Tenían un periódico social y realizaban agitaciones en
contra del régimen despótico.
En ese tiempo fueron muchos los grupos de animales de
distintos sectores y tendencias que se expresaban en contra
del Echado. Este grandote anfibio junto a otros paquidermos
llegados del África habían usurpado el lugar de mando al que
L.T.2 y los suyos querían conquistar junto al Pueblo
Desposeído. “Un disparate de aventureros irresponsables”,
decía L.T.1 desde sus clases gratuitas en su castillo hecho
escuela donde reparte un poco de miel que las abejas le
entregan por dejarlas poner sus colmenas en sus tierras.
Artistas e intelectuales se pronunciaban a favor o en contra
del Gran Hipo. Algunos luego de profesar una línea teórica (o
práctica también) viraban en sentido opuesto según iban
sucediendo los hechos y convulsiones sociales. L.T.1 y L.T.2 se
radicalizaban cada uno en su sentido de manera acelerada. Un
grupo de Chanchos (Los Chanchos de Orwell, los llamaban)
fueron ganando popularidad y poder, y luego temor y más

poder hasta llegar a desplazar a los Trompudos (como
llamaban al Hipopótamo y su séquito)
En un comienzo el grupo de L.T.2 y Los Chanchos trabajaron
juntos, pero los puercos se creían demasiado iguales a todos
para seguir compartiendo espacios de mando. Un día
encarcelaron al resto de sus compañeros que no hicieran oin,
oin (naturalmente o por elección) y así termina el Collage.
L.T.1 siguió dando clases gratuitas a los dos o tres que se
acercaban (más por la miel que por las letras).
L.T.2 murió asesinado en prisión.
Orwell pereció en la pobreza y en el destierro.
Los Chanchos siguen en el poder. Dicen que son aún más
despóticos que Los Trompudos.
Al final Orwell tenía razón: “Todos los animales son iguales,
pero hay animales más iguales que otros”

Cierro los ojos imaginando el último rayo de sol que vieron
los victoriosos. Salgo de la biblioteca con certidumbres. Al
bajar a la calle observo a los estudiantes reunidos en una
multitudinaria asamblea. Alguien se acerca y me dice: apuresé
a salir, profe; vamos a tomar la escuela.
– Por qué? Pregunto asombrado.
-¡El edificio se cae a pedazos!, y perdone profe, pero Uds. No
están haciendo nada.
Lo miro pensativo. No todo está perdido.
Esa noche dormí en el colegio con mucho de ellos y otros
docentes. Al día siguiente vi el sol victorioso en sus ojos.
(04-09-2015)
*Del libro: Chupay por el Tiú Mayú, ayni libros y Don Pezuña,
Cba, 2020.
Contacto: aynilibros@gmail.com

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