La eternidad en Alfredo Martinez Howard, por Martín Avalos

A raíz de la lectura del primer poema que integra su Libro de Ausencias y de Adioses  del año 1963 editado por Burnichón Editor surge de manera precisa esta conciencia de eternidad palpable en la cotidianidad del Poeta. Estas líneas intentan un ejercicio de lectura que se asemeje en un mínimo, al menos, a la mentada conciencia demostrada por la pluma de nuestro escritor.

Poeta y periodista nacido en Paraná, provincia de Entre Ríos y fallecido en «La Serranita», provincia de Córdoba. Cursó el magisterio en su ciudad natal; posteriormente inicia estudios universitarios hasta obtener el título de escribano. En 1940 dirige el diario «La Calle» en Concepción del Uruguay. Reside en Buenos Aires en varios períodos, durante los cuales colabora en revistas y medios periodísticos de la Capital. De regreso a Paraná, se integra a la bohemia de esa ciudad, donde comparte sus vicisitudes junto a Alfonso Sola González, Reynaldo Ross y Jacinto Zaragoza, entre otros cofrades. «La palabra poética de Martínez Howard nos invade con su mágica iluminación de la penumbra, con su ardiente diafanidad y con los bellos seres que pueblan un mundo mítico de ausencias y de adioses al que acuden presencias que ya no son de este mundo, las preciosas nieblas donde caduca el polen de la vida y una voz –acaso la más honda– dice la palabra permanente: trigo, tierra, esperanza, hierro, ciudad natal», según apreciación de Marta Zamarripa, escritas en el poemario póstumo del poeta: «Eco y espejo». Algunos de sus libros de poesías: «Presencia por el aire», «La heredad», «Libro de ausencias y adioses».* Nos dice  Matías Armándola entrerriano también.

 

La perennidad en sus estados Alfredo la logra de modo religioso o místico a nuestro entender. Maneras naturales en el fondo de todo ser humano. Ello se ve irrumpido por las urgencias de un sistema servicial a intereses privados y así damos paso, de lo infinito, a lo fugaz. Howard lo manifiesta en forma lírica, donde se asombra de eso que ya conoce; lo rutinario se presenta nuevo.

 

EL ALBA

Extraño, nuevo amanecer,

tan tímido,

tan íntimo,

tan Este mío,

con una alondra muda

reptando como el miedo de un héroe

con el tiempo que invade apenas

para no matar o herir

ese revés de las estrellas,

su azogue, el de mi alma

para espejar lo eterno.

 

Amanecer como el de un día preparado

oara la víspera de un dios,

ensimismado, secreto,

claridad hacia un profundo diamante de la tierra.

 

¿En qué raíces tiemblas, tierra cansada y misteriosa?

¿Qué umbela nueva nos presagias

y qué deseas corregir

agregando a tu fuego y a tu historia

la luz de un alba fugitiva?

¿Y por qué fugitiva

si el tiempo no es el tiempo

cuando despierta en lo maravillado?

(Fausto ¿qué me respondes

entre arcanos y oráculos?

 

Y tú Ofelia, tu magia

bajo los organdíes de la espuma

y tú, Leonardo, luego

de equilibrar el alma en el silencio

de tu propia sonrisa?).

 

Lo pregunto a tu luz porque Dios no contesta.

(Pecaminoso por haber sembrado

un busque entero, el del saber,

la vida está temblando y llora).

Yo me enrosco a un árbol divino.

 

Esmeralda terrestre

¿qué destello o esencia tuya

quieres dar a mis ojos

cansados del milagro de las resurrecciones,

hastiado de jardines?

 

Luz como una serpiente hermosa

predestinada a las raíces del manzano.

¿Qué orden hacia una tentación nueva te obliga?

¿Qué redondez, qué seno para una caricia ignorada?

 

La noche sigue intacta.

Sulamita salvaje, sin un presentimiento

la he visto en el capullo de su crepúsculo

y no amanece, no amanece.

 

Hay en tu entraña terrenal otra noche de bodas para Eva.

 

Pero yo, hombre, respondo

en medio de una distracción de lo eterno

al prodigio de esta nueva luz enterrada

despertando el pecado

para que Dios lo asuma

-Dios, ese Dios cargado de pecados-

aunque su dedo eterno, con su anillo de abejas

me niegue el nuevo paraíso.

 

 

El poema de A.M.H. es magnífico  para desarrollar, y elucubrar, un ensayo con cientos de vaivenes teóricos dando vueltas a una verdad que sólo Howard nos puede aportar.

 

Desde el título del poema, EL ALBA, ya despunta el nuevo amanecer. El despertar al nuevo día es despertar a una nueva Conciencia, ¿pero es que estábamos dormidos? ¿Es ese Dios de pecados, ensimismado y secreto el que adormece y el despertar es por uso de la razón provista del bosque del saber? ¿La crítica es a Dios o a “sus hombres”? La frase La religión es el opio del pueblo del alemán Die Religion … Sie ist das Opium des Volkes, de Karl Marx escrita en su  Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel de 1844 aparece clarificando dudas.

Y continúa nuestro Poeta: tan tímido, / tan íntimo, / tan Este mío,… es íntimo porque así es nuestra alma y nuestra religiosidad. Es tímido, porque la humildad es natural también, y el miedo es social. Abundaron -y aún hoy son noticias- las acusaciones de herejías contra manifestaciones de saber y/o libertad. Ayer la Santa Inquisición, hoy las Dictaduras  o los abusos gubernamentales. “El miedo no es zonzo” afirma la sabiduría popular, y la alondra de bello cantar enmudece y repta -ella, la alada- como el miedo de un héroe. Y entonces, en el ensimismamiento que ya no es de dios sino nuestro (natural y necesario), el tiempo, inevitable, invade,  pero lo hace apenas / para no matar o herir / ese revés de las estrellas, / su  azogue, el de mi alma / para espejar lo eterno.  El tiempo mata o hiere. A quién? A la eternidad que se espeja en el alma ¿o es reflejo de ella? En ese Extraño, nuevo amanecer, Alfredo siente de manera mística, religiosa, en su alma sensible de Poeta.

 

     Y los saberes no sólo son individuales, naturales, íntimos y eternos, también aporta lo suyo la sabiduría del pueblo, lo folclórico, lo nativo, esa que habla con la tierra, las piedras, las raíces, las ramas, el viento. ¿En qué raíces tiemblas, tierra cansada y misteriosa? Maravillosa ¿metáfora? de estos tiempos del siglo XXI escritas por el entrerriano, devenido cordobés, allá en el XX. ¿Qué umbela nueva nos presagias / y qué deseas corregir / agregando a tu fuego y a tu historia / la luz de un alba fugitiva? Evidentemente la umbela que desea corregir es nuestra visión de la vida. Ese ser humano que junto a toda “la humanidad, se suicida” como dice nuestro poeta serrano Parfeniuk. ¿Y por qué fugitiva  / si el tiempo no es el tiempo / cuando despierta en lo maravillado? Se despierta maravillado por ese estado teofánico del que hablamos. Un estado de contemplación y revelación. (Fausto ¿qué me respondes /entre arcanos y oráculos? Que son instrumentos de conexión con lo celestial, lo mágico. Tan mágicos como la sonrisa y el silencio de Leonardo o cualquiera de nosotros.

 

La rebeldía ante lo injusto se  presenta y surgen los versos de encono que hacen tambalear la paz individual (por ello no individualista): Lo pregunto a tu luz porque Dios no contesta. / (Pecaminoso por haber sembrado / un busque entero, el del saber, /la vida está temblando y llora). / Yo me enrosco a un árbol divino. Y si los Santos son esa mafia de religiosos lujuriosos y pederastas, él, sujeto honesto, prefiere ser el hereje enroscado para robar una manzana del jardín de los Privilegiados.  

 

La noche sigue intacta. /Sulamita salvaje, sin un presentimiento /la he visto en el capullo de su crepúsculo /y no amanece, no amanece. Ser testigo de ese capullo de crepúsculo / y no amanece….es ser testigo también del capullo del amanecer, esa Alba Eterna  donde el  yo, hombre, respondo / en medio de una distracción de lo eterno /al prodigio de esta nueva luz enterrada que luego de esta distracción que aplasta, en lo íntimo,  anida la luz que libera en la hermandad de los humildes.

 

 

 

 

 

Nota:

*Matías Armándola, del sitio Lectores del Paraná – Literatura Entrerriana.

 

 

Cualquier sugerencia es bienvenida a aynilibros@gmail.com

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