León, ya famoso en el mundo, afirmaba que el verdadero artista de la familia era el padre: multifacético, pintor de caballete, de panoramas, de iglesias, arquitecto y fotógrafo. Un hombre fuerte y resiliente, genial y culto, emprendedor y valiente, capaz de concebir y gestionar grandes empresas arquitectónicas y pictóricas.
Nacido en 1871 en Italia, cerca de Módena, sin haber conocido a su madre y habiendo conocido a su padre a los veinte años, Augusto se formó en pintura y en diseño ornamental de arquitectura en la Academia Albertina de Bellas Artes y en el Museo Nacional Industrial de Turín.
Allí, en 1910, realizó en cuatro meses, con cinco ayudantes, el panorama Messina destruida por el terremoto de 1908, un lienzo de casi 2000 m2 exhibido por más de un año en un sitio cerca de la Exposición Internacional de 1911. Lo había encargado una sociedad propietaria de cinematografías, lo que demuestra que este género pictórico, que ofrecía al público una emocionante experiencia inmersiva en batallas o grandes acontecimientos, todavía estaba vivo en los años en los que el cine daba sus primeros pasos para afirmarse como espectáculo de masas. A finales de enero de 1914 Augusto llevó su panorama a Buenos Aires para exponerlo: fue este proyecto el que lo hizo dejar el trabajo de pintor y profesor en Italia, pero por la crisis económica nunca se mostró y se encuentra perdido. Sin ser un inmigrante en busca de suerte, sino un profesional seguro de sí mismo, pronto se propuso como pintor a cambio de hospitalidad en la Orden de los Monjes Capuchinos de Nueva Pompeya, un barrio obrero muy pobre, comprometido con muchas actividades sociales (biblioteca popular, escuela nocturna para adultos, escuela de costura y cocina popular gratuita). La iglesia de Nueva Pompeya era también la sede de uno de los círculos de obreros católicos (COC), presidido por el monseñor Miguel de Andrea, director de los COC, quien fue su amigo durante toda la vida. Ya que los frailes tenían poco dinero, probó su maestría decorando ambientes en 1914 con una técnica “pobre” de su invención: “betún y carbón grafito”. Lo mismo hizo en la cúpula de la capilla del convento y escuela-taller del Divino Rostro en 1915, ampliándola visualmente con arquitecturas ficticias. Allí conoció a Celia del Pardo, la mujer que sería el amor de su vida y la madre de sus cinco hijos.
Eran momentos de socialcristianismo en el ambiente eclesiástico: así Augusto empezó a tener relaciones con importantes personalidades de la jerarquía eclesiástica argentina. Al darse a conocer, en 1916 obtuvo los encargos de los panoramas por el centenario de las batallas de Salta y de Tucumán, y en 1917 el de la remodelación y decoración de la iglesia de San Miguel Arcángel (1917-1922), en pleno centro de Buenos Aires, de la que era cura rector monseñor de Andrea. Juntos hicieron de San Miguel un manifiesto de la doctrina social de la Iglesia difundida por la encíclica Rerum Novarum de León XIII, pintando en ciento veinte cuadros el vínculo de la religión con el trabajo y la familia. Para estos cuadros, Augusto utilizó la técnica aprendida en Turín, usando como bocetos las cientos de fotografías que iba sacando a modelos vestidos -o desvestidos- y dispuestos por él en varias escenas, con sabia dirección y clara visión del proyecto en conjunto. Esto constituyó luego un importante archivo de imágenes que en 2004 la familia donó al Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.
FUENTE Y FOTOS: https://centenarioferrari.com.ar/augusto-ferrari/ y https://fundacionferrari.org/augusto-ferrari/imagenes/iglesia-nuestra-senora-del-carmen/








