Una tarde en Agua de Oro: «señora lluvia dónde irás, que el viento frío viene detrás»

Por Jesica Ysasi. Un día de río en enero por las Sierras Chicas, más precisamente en la bella y tranquila localidad de Agua de Oro, puede terminar imprevistamente, lluvia mediante, en un destino muy diferente.



Y es que la nube baja que al principio pareció prolongarnos deliberadamente el desayuno en una panadería de la calle principal, a unos pocos metros del puente que lleva a la Costanera, hacia el mediodía se volvió diluvio.

Todavía no me sonaba como ahora ese «al este y al oeste, llueve y lloverá…» pero pronto iba a ser la banda sonora soñada para una siesta pasada por agua y de un apetito serrano, tal vez también muy pasado también de hora. Bajo el aguacero encontramos pocos lugares abiertos, para almorzar tardíamente, sólo uno: el bar La Primavera. Entramos casi de puntillas por si, sin querer interrumpíamos algún descanso pero también porque el lugar invitaba a visitarlo con la delicadeza con la que se entra a un museo.



De a poco fuimos descubriendo entre las paredes antiguas, de ladrillos descubiertos la fisonomía de los viejos bares de pueblo. Nos acomodamos en una mesa circular, sobre una tarima de madera y mientras nos dejabamos reparar del enfriamiento nos recibieron con una amabilidad tan reparadora como el sabernos ya a salvo de varias intemperies. Mientras esperabamos la pizza que nos apuramos a pedir íbamos recorriendo la belleza del lugar: pisos de damero en blanco y negro, cuadros y posters sobre puertas antiguas, ventales ideales para contemplar una tormenta de verano como en la mejor de las pantallas de HD.



La espera se amenizó rápidamente con la cerveza artesanal pero mientras la charla se iba templando empezamos a escuchar, muy bajito, la cortina musical que todavía hoy acompaña lo que escribo. «Me dijeron que en reino del revés»…y la charla viró en seco, entre la ternura y la pena de sabernos tan desamparados de voces que hoy nos interpelen con un «en el país del no me acuerdo…doy tres pasitos y me pierdo», pero cuando íbamos a empezar a ponernos tristes ( los titulares del diario y el día lluvioso no daban para menos) arrancó sin aviso un «Saben, saben lo que hizo, el valiente Monoliso» y nos vimos, mejor dicho, nos oímos los tres o cuatro que estábamos en el bar por esas horas, canturreando y disfrutando la vueltita a la infancia.



A ritmo de twist y sin que mediara palabra de la travesura colectiva, recibimos de nuestra anfitriona la pizza que terminó de reconfortarnos, digo terminó porque sin dudas María Elena ya había hecho lo suyo. La sobremesa se plagó de idas y vueltas a letras que nos conmovieron en la infancia, regadas como las flores celestes del jacarandá, quedaron en la mesa del bar las postales de este lado del mundo con letras como «Las estatuas», «Postal de guerra», «La cigarra», «Canción para la tierra de uno»


Tu cielo de veredas, dibujado en la mesa, y en la despedida, que parecía una feliz salida de la salita de cinco, nos quedó la franca invitación a un ciclo de cine gratuito que ofrecía la gente del bar para esa noche. Hoy las crónicas y efemérides en todas las redes me trajeron la semblanza de María Elena Walsh a ocho años de su muerte, no se si creerles, ayer a la siesta estuvo con nosotros mientras un tal Osías conseguía de ese tiempo no apurado que su música nos supo conseguir.



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